Desarrollo Histórico de la Mujer Dominicana

Largas jornadas de sacrificio y abnegación caracterizan la vida de las dominicanas. Para alcanzar el sitial que hoy ocupan, debieron escalar por una controversial montaña de trasformaciones políticas, privaciones económicas y una constante desvalorización de su poder.

Históricamente el ritmo de desarrollo de la mujer dominicana estuvo apegado a los vaivenes que en cuanto a la implementación de leyes que protegieran y reivindicaran su género, se efectuaron a escala mundial.
Los logros sociales, intelectuales, culturales y políticos conseguidos por las dominicanas con sus luchas, definidas muchas veces por el género opuesto como irracionales, han caído como gotas de miel en un terreno tradicionalmente salobre.
Generación tras generación, las dominicanas recibían de sus madres las costumbres que una buena ama de casa debía poseer, y el saber que acoge a la sumisión, como el camino perfecto hacia la redención espiritual, limitado por los cánones católicos cosechados en el país desde la época de la
colonización.

A mediados del siglo XIX, la clase femenina del país recibía con abnegación y humildad las frases intelectuales que las comparaban con la madre de Jesucristo (un ser lleno de amor puro e incondicional); al tiempo que las usanzas de la época, las ataban a su mortal inferioridad, por ser ellas “las causantes de la propagación del pecado”. Esta ambigüedad de sentimientos y creencias ponían en duda la capacidad de raciocinio e igualdad de la mujer frente al hombre.
En los tiempos de la independencia, no importando las delimitadas áreas en las que las mujeres se les permitía intervenir en la vida pública de la sociedad dominicana, la reducida representación femenina tocaba atrevidamente los límites, y se arriesgaba en tareas de luchas políticas relacionadas con la autonomía de la República.
Su labor, sin embargo, quedaba restringida a segundos lugares aunque fuera importante, ya que las situaciones que exigían rapidez de pensamiento (para tácticas de guerra) o conllevaban riesgos, estaban destinadas de manera exclusiva a los hombres.
Para principios de siglo, los atrevimientos y las presiones internas de las dominicanas, salían a la luz en forma de respetables escritoras y admirables maestras, las que se encargaron de sembrar las semillas para el avance, el respeto y la libertad del género femenino en el país, inspiradas en el
pensamiento hostosiano.
En los años que antecedieron a la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo los espacios de los primeros movimientos feministas dejaban escapar sus primeros destellos, pero no en demasía: el autoritarismo de los dominicanos, al igual que en toda Latinoamérica era aún demasiado fuerte.
Años de lucha y de un lento despertar de conciencia transcurrieron bajo una dictadura, una crisis política, una intervención militar y los desequilibrados primeros pasos de una nación que aprendía a vivir en democracia, lo que impulsó a la mujer dominicana pensar en ella misma, en su desarrollo y su real valorización dentro del importante lugar que ocupa en la sociedad.

Los valores culturales hispánicos opacaron a la mujer dominicana del siglo XIX.
Dominicanas: amas de casa entregadas y maestras por instinto Después de estar relegadas a la crianza de los niños y al cuidado del hogar, a las mujeres se les permitió ingresar en el área educativa; allí encontró los primeros espacios para ampliar sus conocimientos y dominios.

La mujer dominicana que nace junto a la República en 1844, entra a la vida representativa en circunstancias políticas, sociales y económicas muy limitadas: se desenvuelve en una nación marcadamente rural e inserta en un estatus económico con características feudales.
El núcleo familiar del siglo XIX acató la tradicional práctica de la religión cristiana y los valores culturales hispanos; para entonces, la población dominicana alcanzaba los 120 mil habitantes. La mujer dominicana, dentro de su delimitada geografía fue la responsable del buen manejo hogareño y la encargada de la educación de los hijos, ya que como señala el historiador Juan Daniel Balcácer, los hombres estaban en el campo o en el ejército y algunos dedicados al magisterio.
La República Dominicana fue el resultado de la labor de grupos políticos específicos (los trinitarios, los conservadores), en los que comprometidas, pero escasas mujeres, participaron.
La colaboración de mujeres como María Trinidad Sánchez (que arriesgaba la estabilidad de su hogar para planificar conspiraciones pro- independencia) y Concepción Bona Hernández (que desde su sumisa posición de mujer, puso un granito de arena con una labor característica de las jóvenes de la época:
bordó el escudo de la primera bandera dominicana), pudo parecer a algunos un atrevimiento reprochable; en realidad no, que ellas aceptaran aquellos riesgos era una muestra de que también a su género les afectaba la situación política de la nación y por lo tanto, ellas estaban dispuestas a hacer algo por el cambio social necesario para los dominicanos.
Creada la República y realizada la Restauración el país se organiza lentamente en todas sus instancias. En aquellas circunstancias, el papel de la mujer aflora en el área educativa y en las letras.
Tal es el caso de Salomé Ureña de Henríquez, quien dirigió el Instituto de Señoritas, fundado bajo la orientación del maestro Eugenio María de Hostos, quien abiertamente afirmaba que “los hombres deben devolver a la mujer el derecho de vivir racionalmente”.
Las primeras estudiantes de Salomé Ureña, son las que van a conformar el primer magisterio femenino de principios de siglo, donde figuras como Luisa Ucema Pellerano se destacaron.

Aportes

A principios del siglo XX, la mujer empieza a tener una limitada participación, sobre todo en el magisterio y en la vida intelectual.
Para entonces, el marco rural aún predomina en la sociedad dominicana, la política está identificada y sostenida por caudillos (civiles y militares), y el rol de la mujer debe ser entendido fundamentalmente como hogareño.
La República Dominicana alcanza el millón de habitantes en 1920, momentos en los que la feministas Ana Emilia Abigail Mejía, Minerva Bernardino y la poetiza Virginia Elena Ortea sobresalen en el ambiente social dominicano.
A pesar de la pasividad femenina experimentada en esta década, la labor de Abigail Mejía no se puede dejar de destacar y en cuanto a esto, la directora ejecutiva del Proyecto para el apoyo a iniciativas democráticas de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, Mu- Kien Sang Ben, coincide
con Juan Daniel Balcácer al afirmar que esa feminista jugó uno de los papeles más estelares en la lucha por el voto femenino del país.
En esta década existía un grupo de mujeres interesadas en obtener derechos civiles y políticos, la mayoría eran maestras, (Petronila Gómez por ejemplo). Uno de los pueblos en el que existió un reducido movimiento feminista, aunque pero con unas ideas muy claras, fue San Pedro de Macorís.

Dictadura

El proyecto con el que las feministas querían lograr sus derechos civiles y políticos choca de frente con el inicio de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en 1930, cuando la nación dominicana cuenta con un millón de habitantes. Inmediatamente la autonomía del movimiento feminista va en declive. Las planificaciones cambian, los puntos que les interesaba reivindicar se adaptan con carácter de obligatoriedad a lo que era la agenda del régimen. A Trujillo le interesaba darle un toque de modernidad al régimen y una forma de lograrlo era incorporando a las mujeres, pues eso lo haría ver como un gobernante democrático y liberal.
Cuando el dictador da las primeras muestras de su estilo de gobernar, las dominicanas sabían que si pertenecían al movimiento feminista, debían tener tendencia trujillista, pues esa era la única forma de apoyar que sus ideas.
Eso implicaba, según Neici Zeller, especialista en desarrollo de proyectos de la United States Agency for International Development (Agencia Internacional para el Desarrollo, AID), que si alguna mujer daba una
conferencia o a hacer alguna demostración, debía expresar ante el público asistente, su gratitud al presidente Trujillo por sus buenos deseos hacia las mujeres.
Algunas mujeres se retiran del movimiento al darse cuenta de la magnitud de lo que sucede, otras, interesadas en destacarse políticamente, se quedan en él. Las presiones por los derechos políticos de la mujer y el deseo de darle un tono más dulce a la dictadura, hace que Trujillo les permita medir su capacidad de fuerza y convocatoria, por eso, para las elecciones del 1934 y 1938, les permite ejercer un voto simbólico, en cuyas boletas de elección las mujeres debieron escribir “yo quiero obtener el derecho al voto”. Aunque se logró que las mujeres demostraran interés, en realidad lo que comprobó Trujillo fue la capacidad organizativa de los grupos feministas, que para ese tiempo estaban apoyados por la Comisión Internacional de Mujeres, cuya sede estaba en Washington, Estados Unidos, organización
interesada en tener la mayor cantidad de países donde la mujer tuviera la mayor cantidad de derechos políticos.


La presidenta de esta comisión, Doris Steven realizó una visita al país en 1938, con lo que el dictador comprobó el aumento de sus bonos en la arena política internacional, (un año después de la matanza de los haitianos).
A pesar de todo este movimiento, fue 1942 cuando Trujillo permitió que las mujeres tuvieran igualdad de derechos civiles que los hombres, adquirieran sus cédulas y votaran, precisamente cuando el régimen estaba completamente consolidado.
El número de candidatas al congreso para las elecciones de ese año representaba un permiso más del dictador, sin embargo, su protagonismo político no es digno de mencionar, pues no estaban allí por tener liderazgo, sino, por ser adictas al régimen. Entre las candidatas a la senaduría en las elecciones del 1942 estuvo Isabel Mayer, oriunda de Montecristi. Que las mujeres participaran en aquellas elecciones, fue una medida que no debe enfocarse exclusivamente en función del interés del dictador, pues con o sin las mujeres Trujillo continuaría con el mando, pero él no dio espaldas a las tendencias mundiales en las que la mujer se incorporaba al trabajo de una manera distinta a como se le veía: ya no se concebía exclusivamente como la compañera del hombre que forma la familia y cuyo rol exclusivamente es doméstico.

4. Protagonismo

Durante la dictadura y en el ocaso de la misma, la mujer desempeñó un papel crucial: fueron el apoyo, sostén y motivación para los maridos, hermanos o familiares que combatieron la opresión, además de resistir los asesinatos o desapariciones de sus familiares.Connotadas figuras del sector femenino que tuvieron participación activa de la lucha contra Trujillo. Es aquí donde el espacio de las hermanas Mirabal muestra su fuerza y amplitud. Ellas son la representación perfecta del escudo femenino dominicano con que se encontró el Trujillo en el ocaso de su dictadura.
Las negativas de Minerva Mirabal y el apoyo emocional y práctico que ésta recibió de sus hermanas, no solamente ejemplificó el cansancio de una nación respecto a una dictadura, sino el valiente rechazo que las dominicanas acumularon durante aquellos años de opresión. El ajusticiamiento del tirano ocurre en 1961, cuando en el país hay tres millones de habitantes y una sociedad no tan rural como en 1930. Las
ciudades proliferaron y el movimiento migratorio del campo a la ciudad permitió a muchas familias de origen campesina, asimilar la cultura urbana.

No violencia contra la mujer


Cabe mencionar las palabras con que Camila Henríquez Ureña explicaba las razones por las que la mujer adquiría el espacio que le correspondía en la sociedad: “Al destruirse por la manufactura en gran escala la industria doméstica, que constituía el trabajo femenino, el costo de la vida se
encareció, y el salario del hombre no aumentó, de manera que ya no bastó para la manutención de la familia obrera, ni de aquella de la pequeña burguesía”
La mujer dominicana comienza a insertarse en las diferentes instancias de la sociedad a partir de la revolución de abril del 1965, sin embargo, en 1962 la doctora Josefina Padilla se presenta como candidata a la vicepresidencia por el Partido de la Revolución Dominicana, lo que representó un avance
hacia la participación de la mujer en la vida democrática dominicana. Este fue un proceso que se desarrolla y que adquiere mayor dimensión en la medida en que hay más libertades y por el hecho de que ya no es el hombre la única fuente de ingresos para la familia. Eso provocó que la mujer se incorporara a la fuerza de trabajo, fenómeno que no fue exclusivamente dominicano, pues
en las décadas de los 60 y 70 se operan a escala mundial profundas transformaciones sociales; surgen movimientos políticos, ideológicos, que le asignan a la mujer un papel más activo, dinámico y protagónico en la toma de decisiones, en la participación de la vida pública y empresarial.

Luego de la apertura y de que la sociedad dominicana se inserta dentro del sesgo moderno, afloran nuevas profesiones. A las instituciones de estudios superiores no sólo llega un mayor número de mujeres, sino que escogen nuevas carreras, como ingeniería, arquitectura, administración de empresas,
derecho, medicina, ciencias de la informática, economía y sociología.
Los movimientos feministas iniciados en el 1960 y principios del 1970 se caracterizaron por la intensa lucha a favor de las libertades públicas y la defensa de la soberanía nacional. De aquellos años se pueden mencionar la Federación de Mujeres Dominicanas (FMD) y otras organizaciones de tipo
coyuntural y sectorial, como los “Comités de amas de casa” y el “Comité de familiares de muertos, presos y desaparecidos políticos”.

Inició el periodo de denuncia y comprensión de la condición de mujer, llegando al país los efectos de las ideas feministas que permitieron dar un viraje en los objetivos de los movimientos dominicanos, así como en las formas de lucha y organización de las mujeres, todo lo cual está relacionado con la conquista en 1978 por parte del pueblo dominicano de una mayor apertura democrática y la derogación de las leyes anticomunistas que amparaban la persecución y la supresión de los derechos políticos.

El movimiento de mujeres se fue haciendo importante en la década del 70 y el 80, y en todo momento hubo dominicanas que trabajaron y lucharon por las reivindicaciones del género; una de esas dominicans fue Licelotte Marte, conocida política dominicana que se destacó por sus trabajos y
representaciones del país ante la Organización de las Naciones Unidas. En la década del 80 surgen más de 30 organizaciones de mujeres que desarrollan actividades en áreas como educación, investigación, cultura, generación de empleos, salud y promoción.


5. Actualidad

La población dominicana creció demográficamente; de los ocho millones de habitantes que tiene el país, el 52 por ciento es mujer, según el último censo de población del 1993.
Las reivindicaciones que en el campo social, intelectual y político, ha logrado la mujer, desde un punto de vista de grupo, gremios sociales, partidos políticos y grupos de la sociedad civil, son numerosas.
En las últimas tres décadas la mujer participó en la vida pública, no de manera restringida, pero si aplacada por el duro escudo del dominicano machista, quien casi por obligatoriedad, tuvo que sensibilizarse y reconocer la capacidad y el alto nivel intelectual alcanzado por la mujer.
De cara al siglo 21, tenemos una sociedad mayormente femenina, con una alta participación en la vida pública, privada e intelectual. En la actividad electoral, le corresponden a la mujer el 33 por ciento de los cargos, esto gracias a la resolución legislativa del 8 de marzo de este año. Mediante esa misma resolución, también se convirtió en ley un proyecto que modificó el artículo cinco de la Ley de Organización Municipal, para que en la boleta electoral municipal de todos los partidos se incluya una mujer en los puestos de síndico o visesíndico. La comisionada para el apoyo de la reforma y modernización de la justicia, Aura Celeste Fernández, reconoce el alto interés de parte de la mujer
dominicana, especialmente en esta última década, de traspasar las fronteras del hogar y de lo tradicional para convertirse en un ente productivo. “Este es un factor muy objetivo, – afirma la comisionada – pero también hay un componente de subjetividad altísimo. No es lo mismo una mujer que aporta en el hogar (siendo una buena ama de casa o madre de familia) a una mujer que con esos dos componentes también aporta una cuota de lo que es el presupuesto familiar, porque puede estar mejor colocada al interior del hogar, para fijar y determinar lo que son las propias políticas, de poder
ser tomadas mayormente en cuenta por su pareja y ser respetada”. La mujer dominicana se desarrolló más al nivel de un sector social, específicamente el nivel medio (y a un nivel alto de la clase media), a
pesar de esto, aún hay que trabajar mucho a la mujer del pueblo. Para Aura Celeste Fernández, esto es necesario porque hay un componente de educación en donde la mujer del pueblo “no tiene acceso a la educación formal y eso de por sí es una limitante para cualquier tipo de despertar de conciencia”.



6. Instituciones

Desde enero del 1997 la Dirección General de Promoción de la Mujer de la Mujer se encargó de canalizar las inquietudes de las mujeres dominicanas para convertir la Ley en un instrumento de paz y equidad. No es hasta el 21 de julio del 1999 cuando el presidente Leonel Fernández,
promulga la ley que convierte a esa institución en una Secretaría de Estado. Con la formalización de esta institución las dominicanas ganan un espacio, unas autoridades que se responsabilizan a establecer las normas y coordinar la ejecución de políticas, planes y programas a nivel sectorial, interministerial y con la sociedad civil, dirigidos a lograr la equidad de género y el pleno ejercicio de la ciudadanía por parte de las mujeres”. Entre las leyes que favorecen a las dominicanas en la actualidad está la
24-97 (Ley de no violencia contra la mujer), creada para proteger de la violencia a la mujer y a los miembros de la familia, castigando de manera efectiva la violencia en la casa y el abuso sexual. Mientras que la ley 55-97 las mujeres campesinas son susceptibles de recibir parcelas por parte
del Instituto Agrario Dominicano. A pesar de la promulgación de la ley 24-97, que representa un logro para la mujer, la mentalidad del hombre machista dominicano pasó los límites a penas un año después de formalizada. El Centro de Educación y Asistencia Jurídica (Cejauri) registró 80 casos de violaciones y agresiones, de las que sólo 10 llegaron a los tribunales, mientras que el Centro de Protección Legal y
Servicio Social del Sur, en 1997 registró 150 casos de violencia intrafamiliar: violaciones sexuales, demandas de protección, reconocimientos de paternidad y demandas de divorcio.

El alcance de la ley 55-97 también ha sido cuestionado con frecuencia por el Centro de Estudios Sociales y Demográficos (Cedem), afirmando que “ante a opresión masculina y la exclusión de los más elementales derechos
económicos, sociales y políticos, es natural que las mujeres rurales recurran a otras alternativas: emigrar, lanzarse a un mercado laboral hostil y casarse temprano”. Es por eso que a pesar de los avances, el camino que le falta por recorrer a la mujer dominicana se observa aún largo. Las jornadas de concientización a las familias, la difusión de las leyes en los medios de comunicación y el
establecimiento de oficinas coordinadoras en las cabeceras de las provincias que representen a la Secretaría de la Mujer, son sólo una parte de las necesidades del género femenino dominicano.

2 comentarios

  1. Excelente artículo la mujer dominicana se ha destacado ,se ha desarrollado ha alcanzado un nivel en todos los espacios,(político, empresarial, profesional, laboral,cultural).
    Y seguimos por más!
    El desarrollo de la mujer es el desarrollo del país y el mundo.

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